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¿Ha llegado el canto del cisne para el ejercicio tradicional de la abogacía?(*)

04/04/19 | Andres Minicucci |

Quienes hemos ejercido la profesión por un tiempo considerable y nos hemos formado en distintos ámbitos, rodeados de profesionales de alto nivel académico y técnico, sumada a una extensa experiencia en el ejercicio de la profesión, hemos tenido la oportunidad de observar los distintos matices que componen el asesoramiento jurídico a un cliente, tanto corporativo como al empresario en particular.

Dicho asesoramiento se basaba en pilares cimentados por quienes hace ya mucho tiempo, le han enseñado a generaciones enteras de abogados el arte del asesoramiento y las particularidades que dicha disciplina conlleva.

Ahora bien, la humanidad posee múltiples facetas, pero hay una de ellas que siempre se ha destacado: su apetito por el desarrollo y la evolución. Esta cualidad se ha visto plasmada en innumerables momentos de la historia y firmemente impulsada con el avenimiento de la Revolución Industrial. Fue en la colina de Kill Devil, Kitty Hawk, Carolina del Norte que en 1903 los hermanos Wright alzaban al aire el Flyer I. Tan solo trece años después, en 1917, Anthony Fokker entregaba al Imperio Alemán el Fokker Dr. 1, en el medio de una de las gestas militares más mortíferas que recuerde nuestra historia. Llegaría el 20 de junio de 1969 y Neil Armstrong nos diría a todos que la llegada a la luna “es un pequeño paso para un hombre, un gran salto para la humanidad” y ello tan solo cincuenta y dos años después del hito anterior. En términos de desarrollo tecnológico, estamos hablando de un abrir y cerrar de ojos.

Ejemplos como el anterior han plagado la historia del desarrollo tecnológico del hombre. En los últimos treinta años, se ha registrado un aceleramiento en la capacidad y velocidad de evolución de la tecnología. Los ejemplos sobran y se afincan en casi todos los campos del conocimiento humano.

Dicho aceleramiento ha producido dos efectos principales dentro del escenario empresarial e industrial. El primero, la necesidad de las empresas tradicionales de adaptarse a un escenario altamente tecnificado y de constante evolución. Son cada vez más los casos de empresas que podrían considerarse tradicionales, que están mutando su esencia misma hacia el sector de la alta tecnología, entendiendo que el mundo se ha orientado cada vez más hacia el desarrollo de nuevas tecnologías de manera multidisciplinaria e interdisciplinaria.

Con solo analizar la actividad de las principales empresas, encontramos que la actividad de muchas de ellas, observadas individualmente, se han ramificado desde la genética, pasando por la informática, llegando a la medicina o farmacéutica. En todos los casos abordando cada rama desde la innovación y el desarrollo de tecnología inédita.

El segundo de los efectos producidos es el nacimiento de una nueva generación de emprendedores y empresarios que se gestaron y desarrollaron dentro del sector tecnológico en toda su expresión. Esta nueva generación se caracteriza por individuos de una generación muy cercana a los tiempos que corren y con una formación propia de un escenario altamente tecnificado.

Dicha génesis tecnificada ha generado individuos que se desarrollan con absoluta naturalidad en un entorno tecnificado, entendiendo su naturaleza e imponiendo a los procesos de sus empresas los mismos estándares de celeridad, inmediatez y tecnificación, que son propios del entorno que los vio nacer.

¿Son estos empresarios y sus empresas mejores o peores que las tradicionales? ¿Podemos decir que Henrry Ford es mejor que Elon Musk? Claramente no, simplemente son diferentes e imprimen su impronta a este nuevo amanecer tecnificado que el mundo está observando.

Hace unos años el Salón de Ginebra, como otros tantos, acaparaban las miradas; hoy lo hace la CES (“Consumer Technology Association”). No es un dato positivo o negativo, es simplemente una muestra del cambio de paradigma.

Ahora bien, en este entorno de alta tecnificación y con nuevos jugadores que no ven a la actividad empresaria de la misma forma que nosotros o nuestros pares u otrora nuestros mentores la percibían, ¿qué rol tienen los abogados? ¿estamos condenados a extinguirnos o vernos subsumidos a un mero rol de intérpretes de textos legislativos? ¿es la solución del abogado tecnificarse y adoptar para su entorno profesional tecnología de vanguardia?

Simplemente no creo que haya una sola respuesta, pero entiendo firmemente que el rol del abogado en este nuevo entorno es el de evolucionar.

Los abogados deberíamos comprender que es el momento de comenzar a evolucionar la naturaleza primigenia de nuestra profesión. Percibir que el entorno altamente tecnificado nos irá descartando del mercado si no comprendemos a este nuevo entorno de empresarios y a sus empresas, que en nada se parecen a aquellas a las que hemos estado asesorando durante años.

Empresarios que no ven el mundo de la misma manera que empresarios de antigua data y que pugnan por estandarizar procesos que les permitan lograr una mayor celeridad a sus procesos y a sus negocios.

Los abogados no podemos aferrarnos al preconceptos que el mundo de manera cotidiana nos está mostrando que están condenados a evolucionar o extinguirse. En algunos años nada de lo que vemos será igual, ni siquiera en sectores tan estructurados como el financiero o el bancario o el automotriz.

El empresario actual necesita asesores legales que faciliten la realización de sus negocios y que lo acompañen en el tránsito de su vida empresarial. El abogado debe seguir siendo una herramienta eficiente y confiable pero cada vez más flexible y adaptativa, lejos de la figura acartonada y compleja que se ha otorgado para sí.

Convertirse en asesor de una empresa de tecnología es un fantástico reto para quienes se encuentren dispuestos a atravesar el proceso que Francisco Cajiao describe como “El reto de desaprender para aprender mejor”.

Innovar e invertir en tecnología es una necesidad imperiosa para cualquier abogado que quiera desarrollar su actividad hoy. Pero ello es solo un paso, el reto real es permitirse encontrar una nueva esencia en el ejercicio de la profesión que le permita entender este nuevo mundo que tenemos delante, sin asustarse.

Entonces, ¿ha llegado el canto del cisne para el ejercicio tradicional de la abogacía? En mi opinión, no. Pero si ha llegado la maravillosa oportunidad de redefinir el “cómo” de nuestra profesión, procurando seguir los pasos de nuestros mentores, buscando delinear nuevos senderos de desarrollo y evolución profesional para las generaciones de abogados que nos suceden.

Andres Minicucci

(*) El canto del cisne es una frase metafórica que se refiere al último gesto, obra o actuación de alguien justo antes de la muerte o jubilación. La frase se refiere a una antigua creencia de que los cisnes cantan una bella canción en el momento justo antes de morir, después de haber estado en silencio durante la mayor parte de su vida.

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